Frodo y yo – 1

Frodo llegó a mí por, literalmente, “hijoputa”. Después de casi 6 años campando por la casa como único saco de mimos, quiso un monstruo con pañales pestilentes quitarle el puesto en la manada. La 1ª vez que marcó al bebé se llevó una soberana paliza. La 2ª, fué invitado a un viaje sin retorno…

– Te juro  que estuve a punto de tirarle por el barranco. Me contuve de milagro. Lo mejor será llevarlo a la protectora de animales.

– ¿Cómo has dicho que se llama el bicho?

– Frodo.

Había visto al animal en un par de ocasiones, a lo sumo tres, y no me caía precisamente simpático. Ladraba como un poseso cuando llegaba alguna visita y tenían que encerrarlo en el lavadero, lugar en el que residía la mayor parte del tiempo por su empecinada manía de orinar y defecar donde le venía en gana. Por otra parte, el perro era bonito, muy vistoso, un coker spaniel con pedigrí y el rabo mutilado. Más que un perro parecía un pequeño leoncillo. No sé por qué contesté me lo llevo, vete al trabajo o llegarás tarde. Apenas pasados 10 minutos, volví a hablar con la voz de su amo que lloriqueando me suplicó, ¡no te vayas, vuelvo a por Frodo! Lo siento, dije, ya estoy en la autopista, colgué el móvil y terminé de meter las maletas en el ascensor.

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