Buscando a Frodo-2

Siempre me han gustado los viajes pero hay algunos que a nadie le gusta hacer. El mío se presentaba como un retorno al vacío, a la angustia vital y al chantaje emocional. Nunca antes había acariciado la idea de hacer algo así, pero por fin había tomado una decisión. Iba a pedir el divorcio.

No sabía lo que iba a hacer después ni dónde residiría. No quería nada. Ni casa, ni dinero, nada, o mejor dicho, todo pues lo que quería era clamar mi libertad…

Iba tan abstraída en mis pensamientos que hasta que la naturaleza no reclamó expulsar lo ya filtrado no recordé llevar un animal a bordo. Parada. Pipí, agua y a proseguir.

Llegamos a la ciudad portuaria con varias horas de adelanto lo que aprovechamos para comer relajadamente en un restaurante de la playa cuya arena se filtraba por debajo de las mesas y entre los dedos de los pies. Frodo se quedó sentado esperando su ración a unos 3 o 4 metros de distancia, junto a los matorrales.

Jamás había tenido un animal que me hiciera caso y no sabía si el comportamiento de este perro obedecía a las escuelas caninas por las que había pasado o al miedo de verse con una persona extraña en un lugar desconocido.

Fuera como fuese, tuvimos un tiempo precioso para hacer la primera toma de contacto paseando por la ciudad. Enseguida noté la energía que desprendía Frodo y quedó muy claro cual iba a ser el puesto de cada uno al enfrentarnos por un bocadillo envuelto en papel de aluminio. Se lo zampó con papel y todo.

Luego me dio pena dejarlo en la jaula de la bodega del barco, le puse comida, bebida y era de noche y no podía estar con él en la cubierta.

Me dirigí a por un asiento. No pude aguantar ni dos minutos en la sala de butacas. El recinto estaba a tope de inmigrantes durmiendo incluso por el suelo. El olor a humanidad y pies era insoportable.

Vislumbré entre la penumbra un lugar vacío y en vez de ir hacia él escapé en dirección contraria hacia el exterior. Prefería pasar la noche muerta de frío en la cubierta a asfixiarme.

El barco comenzó a zarpar y tomé una bocanada de aire fresco entrecerrando los ojos como si las luces del puerto dañasen mis pestañas. Aunque no reparé en él, a un par de metros había un muchacho reclinado sobre la barandilla metálica de babor. Solo al sacar un cigarrillo y empezar a descomponer mi ropa se acercó hasta mí y ofreciéndome fuego me preguntó:

-¿Viajas sola?

– No.

El joven echó un vistazo alrededor como esperando más explicaciones a lo que añadí:

Viajo con mi perro.

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