Buscando a Frodo-6

Una cosa son los sueños y otra la fantasía y de ésta última rebosaba cada día, era mi energía mi centro neurálgico conformado de imágenes que no quieren fundirse con el mundo de las burdas realidades… realidades digo ¡ja! Tan subjetivas como sujetos pensantes no hay realidad que supere la prueba que la memoria empaña y si algo me gustaría en este momento sería poder contar la historia de un desliz con final feliz. Pero ni lo consideré “desliz” ni el final fue feliz.

Antes de continuar quiero matizar que soy una persona fiel a las personas que amo e infiel hasta la médula de pensamiento y omisión y no por relajación moral, sino, por una cuestión alimenticia vital. Mis fantasías son como chupar pilas, me aportan sobredosis de endorfinas y no hacen daño a nadie, al menos, mientras callo, mas lo que me estaba sucediendo estaba fuera de todo juicio y no se lo podría creer ninguno de los podólogos que por mis pies pasaron.

Tras un clímax continuo llegó el momento de estimularle y oh sorpresa, allí donde debía haber un miembro encontré lo que me pareció un ombligo con garbancito y juro que pensé en lo difícil que le resultaría orinar, si necesitaría una sonda o qué y en lo doloroso que debería ser eso y en esos pensamientos me enredé, yo ya estaba servida pero me frustré por no poder devolverle el placer que él me acababa de dar. De ese modo nos dormimos, agotados ambos después de malogrados intentos, cada uno en su litera.

Despertamos con el ruido de la gente en los pasillos, el barco ya atracado, nos mezclamos con el tumulto y antes de separarnos me dio un beso en la boca delante de todo el mundo. Aunque no conocía a nadie me avergoncé de lo que pudieran pensar. Él dio dos acelerados pasos y los desandó para pedirme el número de teléfono, me dio el suyo y por fin se alejó.

Un poco perpleja por lo sucedido me dirigí a la bodega a sacar de la jaula a Frodo. Al verme solo le faltó dar palmas con las orejas de alegría, qué cosas tiene la vida, yo acababa de pasar la noche más insólita de la mía y él probablemente la peor de la suya; éramos dos extraños, mujer y perro, sin un destino certero e inmensamente reconfortados de tenernos el uno al otro.

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