El mandarino


Creo que tengo el síndrome de Estocolmo (1)

Cada semana, a las diez de la mañana, entro en la estancia que cualquier niño o persona normal consideraría la casa del terror. De hecho, incluso yo tuve esa sensación el primer día, hace ya ocho semanas. La pequeña recepción oculta además de una amable mujer, una puerta doble de cristales translúcidos casi tan antigua como la fachada del edificio (del siglo XV), y tras ella un sillón de torturas probablemente donado por la inquisición española, un tanto rígido e incómodo, de color azul-grisáceo, nada que ver con los modernos butacones de piel en los que te atienden los dentistas de pago, a más caros, más moderno el mobiliario y el instrumental, hasta el punto que parecen asientos de astronautas (pero el miedo sigue siendo el mismo).

Después hay una media mampara de aluminio y cristal -parecida a la de la ducha de mi madre- ocultando una amplia mesa de despacho donde parapetea el equipo médico, a lo doctor House fijo, cuando los pacientes no están delante.

Por fortuna el sillón está ubicado frente a un diáfano ventanal cuyas hojas compiten con las de un mandarino plagado de frutos. Ahí es donde reposo los ojos mientras intento trasladar mis pensamientos hasta terminar las sesiones de las que salgo con un hueso menos y una gasa.

De tanto concentrarme en el mandarino, llegué a pensar que las mandarinas eran de plástico cual bolas de árbol de navidad ya que una semana tras otra, había siempre las mismas mandarinas, dispuestas en el mismo orden y exactamente del mismo tamaño. Hasta ayer. Ayer la sesión fue distinta. Para mi disgusto el mandarino estaba “pelao”. Solo quedaba una mandarina pocha colgando entre las ramas del fondo, único vestigio de que ese árbol es un mandarino.

Me dolió, me dolió mucho, más incluso que los pinchazos de la anestesia a los que ya me he acostumbrado y que creía la causa de mi disposición a la causa, en principio tortuosa, de subir la cuesta de la Sangre (así se llama la calle de acceso al hospital), atravesar la sala de espera y acoplarme en el potro de torturas.

Intenté contar las mandarinas ausentes, echar mano de mi visión fotográfica y nada, pero al salir la angustia hizo que me saliera de una arcada la gasa ensangrentada y de repente lo supe, faltaban tantas mandarinas como piezas dentales en mi boca.

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2 comentarios en “El mandarino

  1. Interesante manera de vivir la inevitable cirugía dental.
    Mi dentista esta recluido entre 4 paredes rellenas de tecnología punta y factura ligera, siempre nos miramos a los ojos, no cedo hasta hacerle bajar el tono de ente superior, quizás, sea o no por eso, mi dolor es más llevadero…

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