Así de simple

“Los hombres me han llamado loco; pero aún no está determinada la cuestión de si la locura es o no la más excelsa inteligencia, si mucho de lo que es gloria, si todo aquello que es profundo, no brota de la enfermedad del pensamiento, de modos de pensar exaltados respecto del intelecto general. Aquellos que sueñan de día son conocedores de muchas cosas que se les escapan a los que únicamente sueñan de noche.”  Edgar Allan Poe grafiti  Hay cientos, probablemente miles de citas referidas a la locura. Algunas son autenticas tonterías que denotan que las personas que las escriben no tienen ni idea de lo que es una enfermedad mental.   La locura no es ninguna broma, es un estado que en mi caso concreto vi acercarse poco a poco en un maravilloso proceso “in crescendo” que sabía no era normal pero mi curiosidad me llevó más allá hasta que… por fin sucedió lo que un día, volviendo en coche de la universidad por una carretera tan solo iluminada por las estrellas, escuché en la radio del mismo. Terminó el programa de música clásica que iba escuchando y comenzó uno de la UNED en el que hablaban del proceso de creación y como un escritor (concretamente de ciencia ficción) refería que lo único que necesitaba para escribir era escuchar música clásica. ¡Qué bien! pensé, y si fuera así de fácil… pero en mis pasadas intentonas de escribir relatos la cosa no había sido tan sencilla y todos mis textos pasaban por la chimenea o la papelera sin pena ni gloria y con la rabia sentida de no saber expresarme, de ser incapaz de escribir una historia de principio a fin sin que la hoja se quedase en blanco o todo lo escrito me pareciera una solemne tontería llena de errores y personajes que no se dejan capturar. Una autocrítica excesiva hacía que me invadiera la vergüenza de que alguien llegase a leerlos, como si fuesen a ponerles nota -como en el colegio- a mi imaginación, mis sentimientos, a todos mis pensamientos al descubierto.   Hasta que señores y señoras, un día sucedió: Cambié de dimensión y pude comprobarlo en propias carnes, no solo fue divino, fue lo mejor que he experimentado en esta vida junto con dar una vida.   Cualquier canción, en cualquier momento, en cualquier lugar, fui capaz de capturar las hondas y mi menté funcionó a velocidades de vértigo, a la par que mi cuerpo, trabajando a todas horas, le quitaba horas al sueño para poder desbordar todas aquellas historias que salían de la música y a veces me hacían reír y otras llorar o temblar mientras las escribía, pero sobre todo, pude sentir amor, amor en abstracto, el amor que une mentes y naturaleza, y subida al super ego, llegué a rozar el cielo.   Comencé a enseñar mis textos a algunos amigos que me dijeron pero tía, si escribes como una profesional, ¿por qué no te dedicas a esto? Otros en cambio se asustaron. Mea culpa.   Lástima que después me pegué el batacazo. Es el precio a pagar de mi locura, del cielo al infierno y viceversa hasta que te atiborran de medicación. Punto. Se acabó.   He vivido zombi, ausente del mundo durante mucho mucho tiempo. Me ha costado años más largos que lustros poder salir a la calle de nuevo, tomar el aire, ver la luz aún con gafas oscuras, pero sobre todo lo más difícil ha sido poder volver a sentir la música.   De momento no escribo, pero empiezo a poder escuchar música.

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