Carta abierta

Estimado amigo:

Renote que he empleado la palabra “estimado” pues vos sois de los que le dan la mano y se toman el higo y la breva.

Por motivos obvios no puedo atender a sus solicitudes. Sí en cambio, en nombre de la amistad que nos unió en su día, la princesita puede hacer de Sherezade y alimentar su morbosidad de joven corazón verde y la de todo aquél que desee entretenerse un rato; esto es una carta abierta con un cuento de regalo.

Había una vez una joven secretaria de dirección que emigró a Suiza pensando que mejoraría su alemán y por tanto su currículum.

Viajó en una expedición tratada como ganado en las fronteras hasta llegar a su destino, un pueblo de millonarios salvajes, y pensó salvajes porque tanto hombres como mujeres iban recubiertos de visones y armiños desde la cabeza hasta los pies.

Si aquella joven secretaria de dirección, estudiante de delineación y alemán se hubiera dignado a mirar un diccionario, no habría aplicado el desafortunado de “mesa” “mesé”, no hubiese incurrido en el error de traducir “Officemächen” como “chica de oficina”, por lo que se habría perdido la experiencia de ser intocable o invisible, poco menos que un apestado medio lelo en país ajeno. Más también otras vivencias de gran trascendencia para su ser más íntimo.

Por no irme por las ramas de las que brotan montones de cuentos (alguno incluso de terror), me saltaré un par de meses de su estancia hasta llegar a ese paquete, ¿qué paquete?, preguntó la joven, el del portugués. ¡Caray! la joven secretaria de dirección no hubiera mirado nunca un paquete (si acaso sonrojándose y de refilón), nunca así de forma tan descarada. Son cosas de la distancia, la curiosidad deshinibida de quien se siente libre de cuchicheos y juicios, las risas de las chicas, los ceños fruncidos de los italianos de flamantes Ferraris pavoneándose ante las señoritas entre las que se encontraba ella y que no se sabrá nunca como terminó o empezó, según se mire, bebiendo Oporto y fumando haschis en la habitación de un portugués cuyos genitales eran, como podrá observarse más adelante, inversamente proporcionales al tamaño de su inteligencia, ¡todo un portento que bien podría haberse presentado al libro record de los Guiness. 

continuará…

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