El portugués

Con los ojos achinados, enrojecidos, las pupilas dilatadas, el aturdimiento del vino, el calor abrasador por dentro, la vaselina y váyase a saber si algún otro ungüento, la fregaplatos comprobó que efectivamente, el cuerpo de la mujer está fisiológicamente diseñado para dilatar hasta ponérsele los ojos vidriosos.

– Estás tan mojada- decía él, palabras susurradas al oído que le sonaban a dulce fado.

Aquél muchacho de cabello ensortijado demostró ser todo un hombre y caballero, se fundieron una y otra vez hasta que ella no pudo más y durmieron.

Una hora después la muchacha salió de la casa a hurtadillas para no despertarle. Abrió con suavidad la puerta de la casa, se aseguró de que no había nadie por la calle, salió evitando la luz de las farolas y se dirigió directa al trabajo donde se duchó y vistió el uniforme.

Sus ojeras no pasaron desapercibidas para sus compañeros, tampoco sus movimientos de autómata escocida. Hizo caso omiso a las chanzas. En su cabeza solo repiqueteaba una pregunta:

– ¿Qué he hecho?

– ¿Qué he hecho?

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