Carreras

Yo, todas las carreras, hasta las de las medias, me las he dejado a medias. Ahí va un ejemplo:

Calle Téllez o calle Milinda… Oh, Milinda, divina Milinda, mi profesora de piano de otroras épocas.
Gustaba presumir de ser la primera y única mujer con la titulación de directora de orquesta en la nación española. Formaba parte integrante del comité de evaluación del Real Conservatorio, por lo tanto, ella y 2 personas más habrían de ser mis ejecutores examinadores si me presentaba a las pruebas, a tres cursos en uno podía optar con sobresaliente seguro, según sus palabras, y para presentarme al cuarto, debía sacarme primero el titulín de COU, estando yo ya en un nivel de 5º de piano -en el tiempo récord de dos invernales semestres- gracias a sus didácticas enseñanzas y a las extra-didácticas veraniegas del argentino loco.
Milinda recibía a sus alumnos en su casa enfundada en una bata de seda japonesa, únicamente le faltaban la tacita de té y las vendas en los pies para parecer una auténtica geisha.
Por lo general, Milinda hablaba, hablaba y hablaba todo el rato y yo, padecía mirando las agujas del reloj pasar y, aunque las matemáticas siempre se me han dado fatal, intentaba calcular mentalmente cuánto dinero me estaba costando cada una de sus sílabas; mi metrónomo mental pasaba del “lento Adagio” al “Grave”, me exasperaba los nervios pensando “maldita sea, deja ya de hablar y vamos a comenzar la clase de una vez, que no sabes tú bien lo cara carísima que me resultas, que a mí nadie me mantiene, que me lo tengo que quitar de la boca para poder alimentar la tuya…”
Sus parafraseos orales solían versar sobre sus problemas convecinales, aquella comunidad de ogros que le quería formar consejo de guerra porque no entendían que ella, era una mujer trabajadora, y apesar de recibir discípulos desde las 7 de la mañana hasta las 10 de la noche, sumándole el suelo del Real Conservatorio, no podía permitirse el lujo de insonorizar la casa como Dios manda!
También solía retransmitir las curiosidades de sus alumnos, de las que cabe destacar una que me llamó extremamente la atención: una muchacha que hubo de dejar inconclusos sus estudios de violonchelo porque su cuerpo generaba cierta sustancia que atacaba a la madera, abrasando los mástiles de esos bellos instrumentos musicales, y a pesar de los muchos especialistas a los que acudió, no pudieron curar su mal de carcoma abrasiva o fenómeno circense, según se mire.
Cada clase con Milinda era lo mismo en el sentido de que, diez minutos antes -ni uno más ni uno menos- el reloj chivase la hora en punto, se metía en materia, te hacía ejecutar las una o dos lecciones que te había encargado en la clase anterior y, por el más mínimo desliz, la más imperceptible incorrección en el posicionamiento de las manos, muñecas, codos o cuerpo, el más interregno descarte en los umbrales del sonido, esa nota que alargas demasiado o ese silencio que no has milimetrado, ese compás que has atacado a destiempo o ese otro al que no has impreso su verdadera garra y fuerza porque sabes? tienes que sentir, sentir, sentir todo el tiempo, entender lo que estás haciendo, meterte en la mente del compositor que parió y dio forma a esas notas para poder transmitir el regalo que él nos quiso legar, porque para poder llegar a ser un buen intérprete no basta con alcanzar una depurada técnica perfecta, porque para que todo brille y adquiera cierto sentido, has de analizar cada semifusa y porque
– no me explico cómo siendo tú mi mejor alumna de piano seas capaz de bordar a Mozart y destrozar a Chopin de esa forma! dónde está tu sensibilidad?
Luego me acompañaba hasta la puerta de salida y yo partía, con los pies en el suelo y la cabeza en el cielo, para poder agradecer a Dios o a todos los dioses o a quien fuera que las clases con Milinda durasen sólo 10 minutos -ni uno más ni uno menos-, desfilaba con mis partituras abrazadas contra el pecho, calle Téllez arriba, calle Téllez abajo, para volver a llamar al timbre de su puerta y sus rituales a la semana siguiente hasta que, llegó ese glorioso día en el que cerró con violencia la tapa del piano, a punto estuvo de pillarme los dedos!
– Te odio!
No sabes cuánto te odio!
Las personas como tú no me gustan! Aprendes mucho, aprendes demasiado y demasiado rápido y eso, no es bueno! Las personas como tú nunca consiguen terminar nada porque se aburren de todo! Jamás conseguirás llevar a término la carrera de piano! Abandonaras antes!
– Acababa de interpretar a Chopin –
Después se calmó un poco, respiró hondo y me anotó las fechas de los exámenes a los que no me pude presentar porque tuve que volver a la isla a trabajar.
Nunca le conté a Milinda mi truco, ni le di las gracias a mi vecino, el GEO del sexto (yo vivía en un quinto) por su santa paciencia y sus cómplices sonrisas en el ascensor, ni abrí la puerta a los vendedores de Avon ni a mis amigos, en las 10 horas diarias que le dedicaba a ese instrumento para poder llegar a la calle Téllez y condensarlas en tan sólo 10 minutos:
– ni uno más, ni uno menos.

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