Mi bienvenido Mister Marshall

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…hubo una vez que lloré tanto y tanto que la tienda de ultramarinos del judío, el señor Morón se inundó y no sólo su tienda, también su bar y el otro bar y la panadería del Quillo verde de las pipas que estaba en la plaza y todos los bajos de las casas, los sótanos, todo todito todo inundado.
Y sabes qué? Tengo que hacerte una confesión. De todo aquel desastre provocado por la fuerza de las aguas, la única culpable fui yo y sólo yo, pero nadie se dio cuenta porque a nadie le dio por probar aquellas aguas que todos pensaron eran de lluvia sin sacar una mano y probar una gota, para comprobar su sabor salobre e únicamente nuestro perro “el Capitán” notó que no fueron gotas de lluvia sino las lágrimas las que provocaron todo aquel destrozo.
Corrió un rumor por el colegio de huérfanos vecino de que iban a venir los americanos, wow, nada menos que los americanos, aquellos tíos tan ricos de aquel país tan lejano donde todo se compraba en dólares y con sus dólares, iban a traer un montón de columpios para todos los niños del colegio de huérfanos, para todos los huerfanitos columpios nuevos y tú también te podrás columpiar! te haremos un sitio!
Tuve tiempo de sobra para prepararme la venida del amigo americano e ir desgranando en un globo terráqueo todos sus estados, pasando desde Virginia ascendiendo de Norfolk por la bahía de Chesapeake hasta las costas de Maryland Pensilvania… revoloteando sobre kentaky, Tennessee y de un salto metí el dedo en las aguas del Mississippi y no te puedes ni imaginar qué aguas aquellas mucho más sagradas que el agua bendita con la que nos hacían santiguarnos antes de las misas, qué hermosos paisajes! visitar flotando Luisana hasta Minnesota…! se me olvidaba decirte que amigos americanos no vi (tal vez algún que otro indio eso sí).
Por fin llegó el gran día, el de la fiesta y yo ya lo tenía todo listo. Había hablado hasta con la mismísima madre superiora para que me diera permiso y poder salir de clase antes de hora y estar a tiempo de vuelta en casa, dejar la cartera y salir corriendo a ponerme en la fila con vosotros para estrenar aquellos columpios tan soñados.
Jamás en mi vida recuerdo haber ido más contenta al colegio Max, cuando llegó la hora, mi hora de salir de clase sor Manguita me dijo que no, que no me dejaba marchar. Que había una tormenta, llovía demasiado para dejarme marchar a casa sin paraguas. Y entonces rompí a llorar.
Imagínate como lloré que hasta las monjas se asustaron, tuvieron que llamar a la madre superiora quien a su vez avisó a mi padre, quien avisó a mi madre que me trajo del colegio de una oreja, eso sí, con paraguas y me plantó delante de la ventana del salón de casa desde la que se veía la portería y desde allí, pude ver pasar navegando latitas de foie gras, sacos de garbanzos judías y lentejas, botellas, sillas, mesitas, objetos de todas clases comestibles o no, pero de la flota americana, nada de nada.

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