La centinela

Una vez me enamoré de una persona que me hacía sentir vulnerable.
Descubrí los celos, no por su parte sino por la mía.
Me di cuenta de que los secretos tienen las patas muy cortas, las noches de insomnio y los silencios cortantes.
Comprendí que el amor dolía y puse patas de por medio.
Por más que intentaba no pensar veía su imagen en cualquier transeúnte o artista de cine. No había manera de sacarla de mi cabeza.
El olvido no era opción pues quien olvida no aprende y peligra de caer en bucle.
Era desconcertante saber que era una invención de mi mente la perfección que había puesto en su persona, su realidad inexistente, no así sus besos deliciosamente cálidos, suaves y perversos según la segunda acepción de la RAE.
Es difícil no sentir cuando te has pasado la vida pensando en no pensar para después sentir dejándote llevar.
El abismo está en la boca del estómago del mal llamado amor cuando sólo se trata de deseo.
No creo que el amor y el odio sean las caras de la misma moneda. El querer es una cosa y el amar algo bien distinto.
Amar es conmigo o sin mí, te deseo que seas feliz.
Conmigo sin tí se hizo más duro hasta que entró en mí un nuevo deseo al que con el tiempo aprendí a amar.
No olvido pués, no es que no pueda, es que no quiero y seguiré amando a todo y todos los que amé hasta la fecha.
Y permitiré que revoloteen las mariposas siempre que vuelvan.
Y me desvelaré y cantaré sueña tranquilo, yo te velo.

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